El drama de volver a tu casa siendo mujer / Por Cintia Ojeda*
Domingo 22 de Octubre. Barrio Villa Urquiza de la ciudad de Posadas.
Eran las 7 de la mañana del día de las Elecciones Legislativas. Yo volvía a mi casa con los potentes rayos del sol, que para ese momento anticipaban un hermoso domingo. Me acompañan hasta Maipú y Perito Moreno, a una cuadra de donde vivo actualmente. Me despido y comienzo a caminar pensando en mi cama y en las cosas que debía hacer para cuando despertara. Dí literalmente tres pasos de aquella esquina, cuando cruza una camioneta gris con dos tipos -los que pude ver-, el acompañante era un treinteañero, con pelo rapado de ojos celestes que me empieza decir una cantidad de cosas. Las frases usadas fueron 'te llevamos, linda', 'dale, vamos', 'subí que te llevamos', y otras que no quise escuchar, todo eso me hizo rememorar la cantidad de veces que tuve que escuchar en la calle a tantos hombres de diferentes edades diciendome montón de obscenidades, de cosas que me harían, de cosas que 'me gustaría' que me hicieran, dando rienda suelta a sus postulados machistas en todo su esplendor.
Recordé hasta cuando con nueve años o diez, un viejo canoso me siguió en auto varias cuadras diciendome millones de cosas que en aquel momento no lograba entender. Y bueno ahí estaba yo, caminando en plena mañana sin ningún vecino a la redonda, en un barrio casi céntrico, sintiendo que ya no estaba segura en mi propio barrio, por que tenía a estos machos que aunque no fueron como aquel pibe que se masturbó en la escalera del edificio donde crecí y me quiso agarrar - y yo con un miedo terrible me pude escapar-, y tampoco como aquel otro viejo que me preguntó la hora en la calle cuando iba al colegio con 16 años y me mandó mano a las 6.30 horas -y que también me dejó con miedo y verguenza todo el día-, esta vez la violencia no era como esos otros momentos machistas que me tocó vivir por ser mujer.
Esta vez ya no era aquella nena indefensa, ni aquella adolescente que ni supo que fue bien lo que le pasó, quise gritarles de todo, que me dejaran en paz, que se vayan a la mierda, que no jodan a las pibas pero me quedé callada sobrotodo cuando ví que estacionaron frente al portón de mi casa. Me espanté y pensé; ¿y ahora qué hago? ¿Cómo entro? Sabía que si bajaban de la camioneta, ellos eran dos y yo una flaca que a penas sabe dar un buen golpe. Me dije, 'bajan y corro a la avenida'. Todavía retumbaba en mí mente, lo último que habían dicho, 'vení que no somos violadores'. Del espanto que me dió, no pude reaccionar y anotar ni la patente ni sacar fotografía de la camioneta. Solamente estaba atenta si descendían, para ese momento mis pasos que suelen ser muy rápidos, comenzaron a ser lentos, muy lentos. Estaba en la esquina de Perito Moreno y Formosa, y estaba lista para salir a correr hasta la avenida Uruguay. Sin embargo, finalmente el espanto y el miedo que duraron esos eternos segundos, se pudieron disipar paulatinamente cuando decidieron dejarme de molestar y marcharse. Aparentemente les aburrió el jueguito.