Revelaciones/ Carlos De Angelis*
Y si el gobierno de Macri fuera un auto, ¿qué auto sería? Pregunta el profesional, moderador del Focus Group, con la solvencia de quien descubre una técnica proyectiva reveladora.
—Ehhh… mmm… sería un auto raro, muy caro –responde un señor, comerciante pisando los cincuenta.
—Sí, pero un auto con partes viejas y partes nuevas, partes gastadas, partes con ganas, partes con hambre de poder –contesta un hombre joven, monotributista.
—Y parece que va rapidísimo, pero va bastante lento, a veces parece que da vueltas en círculos –dice una mujer profesional independiente.
—Pero eso sí, lo pintan y lo decoran todas las semanas –cierra entre risas una voz casi inaudible.
Este breve extracto resume algunas características que los ciudadanos van observando de la experiencia política con pocos precedentes que es el gobierno de Mauricio Macri. La composición de su gabinete, sus políticas y sobre todo las declaraciones de los funcionarios, voceros oficiales y paraoficiales muestran a un gobierno que recién comienza a delinear una identidad propia, y donde todavía la principal fuente de legitimación de su accionar se vincula a la demonización del gobierno anterior, abriendo la pregunta sobre si se puede ganar elecciones desde una identidad negativa, cuando muchos problemas antiguos se vuelven a revelar, como la inseguridad y la pobreza.
Sin solución. La agenda de la seguridad vuelve a escalar a las primeras planas de los medios de comunicación y en la preocupación de la sociedad.
Esta cuestión comienza a instalarse en la agenda pública hacia los finales de los 90, cuando Argentina aún era alumno estrella del FMI, en plena era menemista, y se transformaría en un ariete de desgaste hacia el kirchnerismo, tras la célebre frase de “sensación de inseguridad”. Minimizar el problema es la respuesta de la política cuando no sabe cómo enfrentar un conflicto multidimensional y molecular como éste, y donde las herramientas primarias del Estado como las fuerzas de seguridad, la Justicia y el sistema penitenciario son parte inherente al problema, en parte cautivados por cajas blancas y negras. Se probaron muchas fórmulas en estas décadas: mano dura, garantismo, reformas del Código Penal, achicar, ampliar o desdoblar la Policía Bonaerense, crear policías locales, involucrar a fuerzas militarizadas como Prefectura y Gendarmería, saturar de cámaras, etc. También la sociedad tomó sus precauciones. Rejas, perros, seguridad privada, más cámaras, y alambres de púas son parte del paisaje urbano. Pero es claro que el problema no sólo no mengua, sino que se va agudizando y mutando.
Una forma rápida de encarar mediáticamente el tema es vincular linealmente pobreza y delincuencia, cosa peligrosa e inexacta por tres motivos. Primero, grandes desfalcos han sido llevados a cabo por personas de excelsa formación y elegante vestimenta. Segundo, si pobreza y delincuencia fueran sinónimos, se estaría en una guerra civil desde hace muchos años. Tercero, este discurso habilita acciones punitivas sobre los sectores más vulnerables. No obstante, la pobreza extrema persistente es el medio conductor de la marginalidad social y un espacio productor de mano de obra para bandas criminales, como el narcotráfico, aunque también da lugar para la generación de delincuencia amateur, muchas veces de carácter más violento que la “profesional”. Ante la encerrona, quizá sea el momento de arriar las banderas marketineras sobre la cuestión, para articular políticas coordinadas para diez o quince años con presupuesto acorde y control ciudadano.
Nota publicada originalmente en Perfil