Conducción en tiempos de aceleración
Hay momentos en la historia en los que la política deja de ser una disputa entre programas y pasa a ser, antes que nada, una discusión sobre cómo se conduce una crisis sin destruir a la sociedad en el intento.
La Argentina está entrando en uno de esos momentos.
El gobierno de Javier Milei no solo propuso un giro económico. Propuso una manera radical de relacionarse con el tiempo: acelerar todo. Reformas concentradas, conflictos simultáneos, ruptura permanente, desprecio por los ritmos sociales y por las mediaciones políticas. La crisis ya no es algo que deba administrarse: es una herramienta que debe profundizarse para forzar una transformación.
Detrás de esa estrategia hay una concepción muy precisa, aunque pocas veces explicitada: la idea de que el sistema está podrido de raíz, que es irreformable, y que por lo tanto no hay que corregirlo sino romperlo rápidamente para que de sus restos emerja otro orden.
Ese es el corazón del aceleracionismo.
Naomi Klein, en La doctrina del shock, lo formuló con una claridad brutal al citar a Milton Friedman:
“Solo una crisis —real o percibida— produce un cambio real.
Cuando ocurre esa crisis, las acciones que se toman dependen de las ideas que estén disponibles.”
El shock no es un accidente. Es una estrategia.
El problema es que la política no se ejerce sobre sistemas abstractos, sino sobre sociedades reales. Sobre instituciones frágiles, tejidos productivos delicados, millones de vidas que dependen de que alguien no confunda valentía con temeridad.
Acelerar no es gobernar. Acelerar es, muchas veces, renunciar a conducir.
Porque gobernar no es solo decidir hacia dónde ir. Es decidir a qué velocidad se puede ir sin que el cuerpo social se desgarre.
Menem aplicó reformas neoliberales durante casi diez años. Con etapas, con correcciones, con negociación política, con tiempos sociales relativamente largos. Milei pretende condensar ese proceso en cuatro años, y en la práctica en dos. Esa diferencia de ritmo no es un detalle técnico: es el núcleo del riesgo.
Las reformas de shock siempre tienen la misma estructura temporal: costos inmediatos, beneficios tardíos. Si los beneficios no llegan rápido, pero los costos sí, la legitimidad se erosiona con la misma velocidad que el propio programa.
https://www.lavozdemisiones.com/opinion/lo-fragil-lo-inmenso-lo-nuestro/