Desde Cerro Corá, la doctrina del Movimiento por lo que Viene
Por Cecilia Britto
El discurso del gobernador Hugo Passalacqua el 9 de Julio no fue una conmemoración: fue la exposición de principios del espacio que veinticuatro horas después recibió su nombre. En Cerro Corá —corral de cerros, en guaraní— quedaron sentadas las bases del Movimiento por lo que Viene.
Hay discursos que se pronuncian y hay discursos que anuncian. El del gobernador Hugo Passalacqua en Cerro Corá pertenece a la segunda categoría. No fue un acto protocolar más. Fue una declaración de identidad.
Passalacqua eligió empezar en mayo de 1810. Y no eligió ese punto de partida al azar: quería traer doctrina desde nuestro propio proceso histórico. Un cabildo abierto que se animó a preguntar si el poder podía volver al pueblo, y un 25 de mayo que respondió que sí al jurar. “Fue un proceso duro, muy duro, muy difícil. Sobre todo, con muchos miedos”, recordó el gobernador. Porque animarse a dar vuelta la página nunca fue sencillo para ninguna sociedad.
Pero la historia verdadera no es la escrita desde el puerto. Es la nuestra. La que dice que un año antes de Tucumán, en el Congreso de Oriente de 1815, los pueblos libres ya se habían proclamado independientes. Y que Misiones estuvo ahí, representada por Andrés Guacurarí, que “no pudo asistir porque estaba peleando en Candelaria, pero mandó a su segundo”. Andresito no faltó a la historia. Estaba haciéndola. “Un año antes de Tucumán ya habíamos declarado la independencia. Tan rebeldes somos”, dijo Passalacqua. Y no es una anécdota. Es una definición.
Los misioneros no llegamos tarde a la independencia. Llegamos antes. Con Artigas, con el federalismo de los pueblos libres, con esa convicción incómoda que el gobernador recuperó en la respuesta del jefe de los orientales a sus diputados rechazados en la Asamblea del Año XIII: “No se preocupen, Buenos Aires solo da amarguras”. Y la actualizó sin rodeos: “Buenos Aires siempre da amarguras. Piensa en ella, no en las provincias”. Y remató, con toda intención, que eso no es de ahora.
Pero el corazón del mensaje no estuvo en el pasado. Estuvo en lo que ese pasado nos exige hoy. Coraje. La independencia no es para temerosos: “son momentos para valientes”, dijo, como lo fueron los cabildantes de 1810 y los congresales de 1816, que declararon la libertad rodeados de miedos, de amenazas, de incertidumbres. Como San Martín, que exigió la declaración porque sabía que no podía liberar América si su propio pueblo no era libre.
Andresito lo sabía. Artigas lo sabía. Los congresales de 1816 lo sabían. Doscientos diez años después, lo volvimos a escuchar en un corral de cerros de la tierra colorada.