El derecho a no ser excluido por no usar tecnología
Héctor Julio Franco
Durante años creímos que la tecnología sería simplemente una herramienta destinada a facilitarnos la vida. Y en muchos aspectos así ocurrió. Hoy podemos comunicarnos instantáneamente, realizar trámites desde nuestros hogares, acceder a información ilimitada y resolver en minutos cuestiones que antes demandaban días enteros.
Pero silenciosamente sucedió algo más profundo.
La tecnología dejó de ser solamente una herramienta para convertirse en una condición casi obligatoria de existencia social.
Actualmente, una persona que no posee smartphone, que no utiliza aplicaciones móviles, que rechaza sistemas biométricos o que simplemente desea limitar el uso de ciertas tecnologías, comienza lentamente a quedar excluida de aspectos esenciales de la vida cotidiana.
Para validar una compra bancaria se exige un código enviado al teléfono. Para solicitar un préstamo se obliga al reconocimiento facial. Para trabajar se presupone disponibilidad digital permanente. Para acceder a servicios públicos se requieren aplicaciones móviles.
Incluso para acreditar la propia identidad muchas veces ya no alcanza con la presencia física ni con la documentación legal tradicional.
La situación genera una paradoja inquietante: una persona puede existir jurídicamente, tener dinero, capacidad legal, documentos válidos y presencia física… y aun así ser tratada por el sistema como operativamente inexistente por no disponer de determinada tecnología.
Nadie votó esta transformación.
Ninguna sociedad decidió democráticamente que el acceso pleno a derechos básicos quedaría condicionado al uso obligatorio de dispositivos digitales.
Simplemente ocurrió.
La comodidad tecnológica fue desplazando lentamente todas las alternativas humanas, presenciales y analógicas, hasta convertirlas en excepciones cada vez más difíciles de encontrar.
Y aquí aparece una discusión que tarde o temprano deberá darse: ¿puede una sociedad considerarse verdaderamente libre si obliga indirectamente a sus ciudadanos a vivir permanentemente conectados para poder participar plenamente de la vida económica y social?
Porque el problema ya no es solamente tecnológico.
Es profundamente humano.
El celular como obligación social encubierta
Hoy resulta extremadamente difícil: conseguir empleo, operar bancariamente,