El periodismo siempre fue blanco del poder
Por Fernando OZ
@F_ortegazabala
El poder no inventó nada nuevo, aunque pretenda convencernos de su originalidad a fuerza de gritos en una pantalla. Cuando desde la cúspide del Estado se lanza la consigna de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, no estamos ante una anomalía histórica, sino ante la enésima actualización de una vieja receta.
Ustedes me disculparán, no es que haya que normalizar la agresión ni la estupidez, pero quienes se escandalizan por los modales de la época padecen de una preocupante amnesia: la presión existió siempre. En todas las épocas, el intento por silenciar la disidencia o domesticar la mirada se ejecutó bajo las mismas tres herramientas de manual: el convencimiento propio, el dinero de la pauta o la violencia física e institucional. El hostigamiento actual —me refiero al de Javier Milei y toda su pandilla de forajidos— no es un pecado de nacimiento de la era digital; es la continuación de una guerra eterna por el control del relato.
La única diferencia real en nuestro presente es un factor de escala. La tecnología no vino a cambiar la naturaleza del conflicto, sino que multiplicó los mostradores; amplificó el mercado y atomizó las audiencias, haciendo aparecer nuevos canales de comunicación a una velocidad de vértigo.
Ese estallido obligó al oficio a una adaptación violenta, desesperada y veloz al nuevo ecosistema para no quedar sepultado en la irrelevancia. En esa carrera de piques contra el algoritmo, las grandes estructuras de comunicación pagaron el precio de la supervivencia recortando la inteligencia: primero ejecutaron a los veteranos —aquellos que sostenían el rigor y el criterio en la mesa de entradas— para reemplazarlos por mano de obra barata, jóvenes recién graduados, en el mejor de los casos, a los que se les paga una auténtica miseria. Yo estuve entre ellos, el sistema es así, pero desde hace unos años se aceleró.
Al desaparecer los maestros, se rompió la cadena de transmisión de instrucción a la primera línea. El joven precarizado de hoy cobra sueldos humillantes que apenas le permiten pagar el alquiler, carece de un redactor jefe con experiencia que le enseñe a contrastar una fuente o a tirar a la basura una operación de prensa, y vive bajo la amenaza constante de un despido discrecional.
El resultado de ese periodismo de bajo costo está a la vista: la permanencia en el puesto de trabajo ya no depende de la calidad de una investigación, sino del tráfico digital. Se produce contenido basura, sensacionalismo y titulares engañosos () para complacer las demandas de un algoritmo ciego y a los patrones del último piso. Así son las nuevas reglas.
Quienes pretendan domesticar al periodismo con salarios de subsistencia, discursos de odio o algoritmos de control no entienden que el periodismo de raza pertenece a una estirpe incombustible, hecha de una greda que no se dobla con el primer viento de frente. Su obra es efímera, muere con la rotativa del día, pero renace intacta en el minuto siguiente. Gabo lo dejó sellado con una lucidez definitiva: .