La Triple Frontera, la droga y mi hijo: historias cruzadas
Por: Fernando Oz
El jueves, antes del mediodía, mi hijo mayor intentó quitarse la vida dentro de un cajero automático, a metros de la puerta de la Cámara de Diputados de la provincia de Misiones. No es la primera vez; esta vez buscó un lugar donde pudiera ser visto por todos, al encontrarse con los “no” de un padre que lo ama profundamente y sigue al pie, pese al dolor, las reglas y consignas de un plan de desintoxicación que permitirá que recupere su vida. Me lo había anunciado él mismo la noche que decidió abandonar el centro de tratamiento de adicciones en el que se encontraba internado desde hacía casi ocho meses. No le creí; automáticamente pensé que era una estrategia de manipulación.
Tiene veinticinco años y comenzó a consumir drogas a los diecisiete para tapar el dolor de no sentirse lo suficientemente amado. Su situación empeoró de manera exponencial cuando empezó a consumir ‘pedra’, una mezcla de lo peor del estiramiento de la cocaína con bicarbonato de sodio, pastillas y cualquier sustancia alcalina: un arma química que viene destruyendo la vida de cientos de jóvenes.
La pedra surgió en las cocinas de las favelas de Brasil, donde se procesa parte de la cocaína que llega de Bolivia. Luego saltó a Paraguay con mucha rapidez y cruzó a nuestro país a principios del nuevo siglo. Se consume en pequeños cristales que se calientan con una pipa; es de acción inmediata. En Misiones se consigue en cualquier lado y es sumamente dañina. Es el crack de la Sudamérica pobre.
La única vez que tuve un trozo de pedra en la mano fue exactamente hace veinticinco años: color hueso tirando a amarillo, de unos tres centímetros de diámetro. Me la dejó examinar el jefe de un procedimiento antinarcóticos que realizó la policía federal de Brasil en una gomería que estaba a pocas cuadras del Puente Internacional de la Amistad, que une la localidad brasileña de Foz do Iguaçu con la paraguaya Ciudad del Este.
Sé que en algún lugar tengo las fotos que tomé aquel día. Tenía veinticuatro años, una carrera universitaria inconclusa y un hijo que comenzaba a gatear. Por la mañana era movilero de una radio de la turística ciudad de Puerto Iguazú y por la tarde escribía para el mejor postor; no me importaba si debía hacer artículos para revistas de hotelería, poemas para referentes culturales o discursos políticos. Había llegado a la frontera un año antes y tenía experiencia en el oficio: guardias nocturnas para Edgardo Miller durante el caso del asesinato de José Luis Cabezas; asistente de tercera de la producción de Mauro Viale; una temporada de tres meses como pasante en la agencia DYN, y trabajos similares.