Lo frágil, lo inmenso, lo nuestro
Juan de Dios Urizar
Presidente del Centro de Estudiantes Misioneros en Buenos Aires
Hay una parte de la Argentina que aún lucha por reconocerse en su totalidad. Una parte que se incomoda con el reflejo auténtico de su rostro, y prefiere calcar gestos ajenos antes que abrazar su propia voz. Se incomoda con el aroma a tierra húmeda después de la lluvia, con el sonido profundo del bombo legüero, con el canto quebrado de una zamba o con la copla que nace de lo más hondo del alma popular.
Es una mirada construida con lentes prestados —quizás de París, de Londres o de Nueva York— que no logra ver con claridad lo que vibra en nuestras raíces. Como si ser del norte, del litoral, de Cuyo o del sur fuera un signo de atraso, y no una riqueza invaluable. Como si la identidad del país se agotara en las calles de Recoleta o en los cafés de Palermo, y todo lo que queda fuera del circuito porteño fuese apenas una nota al pie de página.
Pero el país verdadero no cabe en una postal curada con filtro europeo. Es vasto, complejo, profundamente humano. Es el mate compartido bajo un alero de chapa. En Misiones, donde la yerba es cultura y la tierra es roja, basta el olor a humedad horas antes de la tormenta para saber que el cielo está por caerse. Es el susurro del monte, de lo que no hace ruido, pero sostiene. Y esa certeza no se explica: se vive.
Y, sin embargo, desde ciertos centros se sigue hablando del país sin escucharlo. Se lo interpreta desde el marketing, desde la ironía liviana, desde la superioridad de quien cree que lo profundo es anticuado, y lo popular, rudimentario. Se lo mira como si fuera un detalle pintoresco, útil solo para rellenar actos escolares o publicidades. Pero lo que duele no es solo el desprecio por una música, sino el rechazo hacia un país entero: el país real.
Porque la Argentina también es Corrientes, donde el chamamé no se canta, se reza; es Jujuy, donde la copla sube con el polvo de los cerros; es Santiago del Estero, donde el violín llora memorias de lucha y de amor; es Chubut, donde el viento no calla y también cuenta historias. Es Mercedes Sosa en Tucumán, como también la vecina en El Soberbio que entona bajito mientras ceba el mate. Es la abuela que canta para dormir a sus nietos, la niña que aprende a zapatear con su sombra.
No se trata de imponer una estética ni de uniformar el gusto. Se trata de reconocer todo lo que somos. Porque tan argentino es el bandoneón que llora en alguna calle de Boedo, como el erke que vibra en la Quebrada, el arpa que acaricia el Litoral o el bombo legüero que retumba en la siesta santiagueña. Tal vez haya llegado el momento de dejar de enfrentar al tango con la chacarera, de romper la falsa grieta entre la ciudad y el interior. Y de dejar que todas nuestras voces confluyan, como en una melodía de CP70 en manos de Charly, o en ese acorde suspendido del Flaco Spinetta que, por un instante, lo explica todo: lo frágil, lo inmenso, lo nuestro.
Quizás el problema sea el desconocimiento de una Argentina tan extensa como diversa, y la falta de voluntad real para conocerla, sentirla y respetarla.