Si lo quieren voltear, asegúrense de que no se vuelva a levantar
Por Ezequiel Bermejo
Una vieja regla no escrita de la política reza que cuando se decida dar por terminado a un adversario, hay que confirmar y reconfirmar que realmente lo esté. Porque si hubiera conservado capacidad de movimiento, influencia, inteligencia estratégica y tiempo para reorganizarse, el golpe dado podría retornar como en un verdadero búmeran.
Algo de eso parece haber ocurrido en Misiones durante los últimos meses. Algunos sectores trabajaron para instalar la idea de que el liderazgo de Carlos Rovira había entrado en una etapa terminal.
Desde el propio oficialismo, algunos lo plantearon abiertamente: una abogada no exitosa, reaparecida convenientemente en escena, afirmó al respecto que “algo caducó” (cuidando con mucho celo que no caduquen los contratos que ella y sus hijos tienen con el Estado provincial).
Otros, funcionarios provinciales y longevos intendentes atornillados a sus respectivos sillones, lo sugerían off the record o apelando a complicadas y zigzagueantes declaraciones.
Desde la oposición, especialmente La Libertad Avanza y también el minúsculo radicalismo (ahora desde la cama de Ramón Amarilla), sostuvieron que Rovira había dejado de interpretar a la sociedad misionera y que su ciclo político estaba agotado.
Al dejarse llevar por ese anhelo que brota desde la impotencia, no se percataron de que se estaban comiendo una curva. En parte, hasta podemos hacer un ejercicio de piados comprensión: Rovira había reducido significativamente su exposición pública, Hugo Passalacqua, a dos años de iniciado su mandato, recordaba al fin pisar el territorio y tratar afianzar su relación con varios intendentes; y La Libertad Avanza, por su parte, intentaba instalar de manera rimbombante temas propios como la eliminación de la Ley de Lemas, la Boleta Única, Ficha Limpia y otras reformas institucionales. La conversación pública parecía haberse desplazado hacia otro lugar. Parecía.
Todos cometieron el mismo error: confundir menor exposición con menor poder. Y lo que ocurrió después merece ser relevado con atención.
Sin responder a las críticas y sin intentar recuperar centralidad mediante declaraciones altisonantes, Rovira hizo algo mucho más efectivo: pateó el tablero. Con el lanzamiento de Encuentro Misionero fue mucho más allá de la presentación de un nuevo espacio político para comenzar a ejecutar una operación estratégica que transformó por completo la discusión pública con una agenda tan nueva como arrolladora:
Por eso la principal enseñanza de estos últimos cuarenta días no tiene que ver con la interna oficialista ni con una oposición diluida o descolocada. Tiene que ver con una vieja lección de supervivencia política en la Tierra Colorada: cuando vayan a pegarle a alguien que lleva más de dos décadas construyendo en política, asegúrense de que no pueda volver a levantarse.