¿Simplificar el Estado? Hagámoslo en serio
Por Ezequiel Bermejo
El gobernador Passalacqua anunció una reducción de ministerios de cara al Presupuesto 2027. La Cámara de Representantes avanza con una ley para construir un Estado simplificado, eficiente y moderno en beneficio del ciudadano. Las dos propuestas hablan de eficiencia. Pero no dicen lo mismo.
Existe una narrativa muy cómoda en la política argentina que dice que el Estado es caro porque tiene muchos ministerios. Si eso fuera cierto, la solución sería sencilla: juntás dos, ponés un solo ministro donde antes había dos, cambiás el membrete y listo. El presupuesto baja, la eficiencia sube, el ciudadano aplaude.
El problema es que eso no pasa. No pasó en ningún lugar donde se probó. Y en Argentina, con Milei, lo vimos en tiempo real y con un nivel de exposición mediática que no dejaba margen para la duda: se disolvieron carteras, se crearon mega-ministerios, se suprimieron organismos enteros. El expediente siguió tardando lo mismo. La ventanilla siguió pidiendo los mismos papeles. El ciudadano siguió haciendo la misma fila.
La razón es simple: el costo del Estado no está en la cantidad de ministerios. Está en cómo funciona adentro. La fusión mágica de estructuras sin tocar los procesos no genera ningún ahorro y no cambia nada para quien lo padece desde afuera. Es como juntar dos cajones desordenados en uno solo: no ordenaste nada, tenés el mismo caos pero más apilado.
Súper ministerios como ilusión de control
Detrás de la lógica de reducir ministerios hay una confusión conceptual sobre la que conviene poner luz: se toma la forma por el fondo. Se cree que achicar el organigrama es lo mismo que achicar el gasto, y que concentrar funciones en menos manos es lo mismo que ejecutarlas mejor.
No lo es. Un súper ministerio que absorbe tres carteras sin rediseñar sus circuitos internos no ahorra: traslada. Traslada el conflicto de coordinación hacia adentro, lo vuelve invisible al debate público, y deja al ciudadano sin un interlocutor claro para su problema. Lo que era una disputa entre organismos pasa a ser una disputa entre direcciones del mismo ministerio. El resultado para quien necesita resolver algo es exactamente el mismo: nadie sabe bien de quién es el problema. El súper ministerio no elimina la burocracia. La concentra. Y la burocracia concentrada es más difícil de ver, más difícil de corregir y más difícil de responsabilizar.
Hay además una dimensión política que vale la pena señalar. Concentrar poder en menos estructuras no es neutro: es una forma de disciplinamiento. Se reduce la cantidad de actores con capacidad de agenda, se centraliza la toma de decisiones, y se acota el margen de acción de sectores que antes tenían su propio espacio institucional. Eso puede ser legítimo o no, pero no es eficiencia. Es otra cosa.