Soberanía algorítmica: la Algoritmocracia, el poder que ya empezó a gobernarnos
Durante siglos la humanidad discutió y peleo entre sí para responder a la disyuntiva de quien debía ejercer el poder.
Primero fueron los reyes. Después aparecieron las constituciones. Más tarde la división de poderes, Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial como una de las mayores conquistas de la democracia moderna. Luego, con el tiempo, la influencia de los medios de comunicación llevó a muchos a hablar de un "cuarto poder".
Sin embargo, tengo la impresión de que estamos asistiendo al nacimiento de otro centro de poder, mucho más silencioso y difícil de advertir.
No tiene territorio. No participa de elecciones. No jura una Constitución. No pertenece formalmente a ningún Estado. Pero cada día influye un poco más en nuestra vida. Me refiero al poder de los algoritmos.
Algunos autores denominan a este fenómeno algoritmocracia: un escenario en el que los algoritmos dejan de ser simples herramientas informáticas para convertirse en sistemas capaces de condicionar decisiones económicas, sociales, jurídicas e incluso jurídicas.
La palabra puede sonar exagerada, pero basta detenerse un instante para advertir que ya convivimos con ella.
Un algoritmo decide qué noticias aparecen primero en nuestras redes sociales. Otro determina qué publicidad recibimos. Otro evalúa si somos candidatos a un crédito. Otro selecciona qué contenidos se vuelven virales y cuáles prácticamente desaparecen del debate público.
Cada vez más administraciones públicas utilizan inteligencia artificial para detectar fraudes, priorizar expedientes, asignar recursos o asistir decisiones administrativas.
La inteligencia artificial ya no es solamente una innovación tecnológica. “Está empezando a convertirse en una forma de ejercicio del poder.” Y esa circunstancia merece una profunda reflexión democrática. Porque todo poder, tarde o temprano, necesita límites.
Lo interesante es que la verdadera discusión no pasa por preguntarnos si la inteligencia artificial es buena o mala. Esa es una falsa discusión.
La IA puede representar una revolución extraordinaria para la medicina, la educación, la justicia, la administración pública y la productividad. Puede ayudarnos a reducir corrupción, mejorar políticas públicas, detectar fraudes y
utilizar con mayor eficiencia los recursos del Estado. Sería absurdo renunciar a semejante herramienta.
El problema aparece cuando olvidamos una pregunta mucho más importante. ¿Quién diseñó el algoritmo?; ¿Con qué datos fue entrenado?; ¿Qué valores incorpora?, ¿Quién controla sus decisiones?, ¿Quién responde cuando se equivoca?, Allí aparece uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.