Eran hermanos. Uno paraguayo y otro argentino, de padres exiliados por la dictadura de
Alfredo Stroessner en el vecino país,
Ciriaco Enriquez y
Rosalinda Palcheco Mereles, y que junto a otros miles de sus compatriotas emigraron a través de las fronteras, en una interminable diáspora que duró 35 años.
Pablo Enríquez Pacheco nació el 17 de agosto de 1947 en el Departamento Pilcomayo, provincia de Formosa, el distrito inmediatamente fronterizo con Asunción y sus ciudades metropolitanas satélites.
José Arístides Enríquez Pacheco, el menor, era nacido en Asunción, el 27 de agosto de 1948.
Ambos, vivían con sus padres en un barrio posadeño célebre para la memoria:
El Chaquito, en las orillas del río Paraná, una zona que quedó bajo el agua con Yacyretá, y que en la época en que la familia Enríquez Pacheco llegó en balsa, a mediados de los años ’60, y se instaló en el caserío poblado por paraguayos refugiados del régimen de mano dura del general Stroessner, era un arrabal de Posadas donde se combinaba el guaraní con la militancia política.
Comerciantes de toda la vida en Posadas, el local familiar continúa en La Placita. De esa familia resultaron los hermanos, que de Posadas fueron a buscar fortuna a Buenos Aires, la meca de todos los tiempos de la migración paraguaya, que repite hasta hoy el mismo derrotero y destino.
“Vayan a trabajar en lo que sea, y se fueron los dos; tenían menos de 30 años cuando eso”, cuenta su hermana
Elizabeth Enríquez, próxima a cumplir los 60 años, que en la época en que transcurre la historia tenía unos 12.
“Lichi”, como la conocen en el
Mercado Municipal La Placita, heredó el local familiar, y convirtió el almacén de su padre en una librería y juguetería, que atiende personalmente.
“Ellos se fueron a trabajar de albañil. José con el tiempo se hizo también fotógrafo. Los dos militaban en la Juventud Peronista. En el barrio donde vivían había mucha militancia en esa época”, relata la hermana sobre los dos hombres, de cuyo secuestro y muerte por parte de las fuerzas represivas, se cumple hoy 46 años.
Ejecutados
Los
hermanos Enríquez Pacheco fueron secuestrados en dos operativos militares, entre el 31 de marzo y el 3 de abril de 1978. A José se lo llevaron primero, y después a Pablo, con uno o dos días de diferencia.
No hay precisión en cuanto a la ubicación de los secuestros.
, partido de Avellaneda.
. Sus legajos en la
no recogen testimonios de su paso por alguno de los centros clandestinos de detención (CCD) de la época.
“Ellos fueron secuestrados, torturados y desaparecidos; quemados y mutilados”, dice Elizabeth. “El cuerpo de mi hermano mayor fue encontrado sin una mano”, apunta.
Adolescente entonces, Elizabeth recuerda que todo ocurrió
, que terminó con la Argentina campeona del mundo, y con el que el régimen intentó lavar su imagen ante el mundo, en un momento en que la voz de los miles de exiliados se hacía sentir en Europa y Estados Unidos.
Aun así, con
,
.
, dice Elizabeth.
Cuenta que, enterado de los hechos, su padre, veterano militante y sindicalista, dejó su comercio en el Mercado Municipal y viajó a Buenos Aires para ver qué había pasado con sus hijos.
“En esa época de los ‘70 no había celulares y el único teléfono era acá en La Placita”, recuerda Elizabeth. Cuenta que su padre se comunicó de inmediato con amigos en la capital y con el
, el primer obispo que tuvo Misiones, un hombre indiscutiblemente reconocido por sus esfuerzos en materia de derechos humanos durante la dictadura cívico militar.
, narra su hermana.
Su padre hizo la denuncia y rescató los cuerpos.
Ambos están sepultados en el cementerio de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.
Cuenta su hermana que en el sepelio solo se permitieron pocas presencias: “No dejaron que vayan sus amigos, pero igual fueron muchos que pasaban discretamente y arrojaban alguna flor”, recuerda.
La hermana de las víctimas de esta historia reconoce en el cruel destino de sus hermanos, el derrotero familiar signado por la persecución y el exilio.
Elizabeth Enríquez estructura su relato por el final, que es donde el nudo de la trama se desata. A partir de ahí, desanda el tiempo y la retrospectiva lleva la historia a la infancia en El Chaquito, en Posadas, donde nació, mucho tiempo después del arribo familiar, y vivió con Pablo y José, hasta que estos marcharon a Buenos Aires.
“Mi papá tiene una historia dura. Viene de Asunción. Era militante del Partido Febrerista”, dice Elizabeth, en referencia a una organización política paraguaya de centro izquierda, nacida con el nacionalismo de la posguerra del Chaco, con Bolivia.
“Él allá no conseguía trabajo y emigraron a Formosa, donde nació Pablo, pero no les fue bien y volvieron a Asunción y ahí nació José”, relata.
Elizabeth recuerda que El Chaquito y el barrio aledaño conocido entonces como San Cayetano “tenía mucho movimiento social” y los allanamientos militares a los vecinos eran recurrentes.
“Toda mi familia padeció. Éramos perseguidos, en mi casa rompían todo los militares”, señala.
“A mi papá también le costó conseguir trabajo por su militancia sindical. Trabajó en el aserradero Heller y lo echaron por militante”, cuenta.
“Mis hermanos de muy joven se fueron. José creó su empresa propia haciendo fotografía. Estudió allá”, dice Elizabeth y agrega: “Eran comprometidos, tenían ideas, querían cambiar el mundo”.
De hecho, José Arístides llegó a destacarse en el ámbito de la fotografía documental y logró varias de las tomas más famosas de la vuelta al país de Juan Domingo Perón, el episodio que se conoció como la “Masacre de Ezeiza”.
“Hizo muchas fotos comprometedoras en los inicios de la dictadura. Por ahí creo que quedó marcado, y calculo que por eso le hicieron el operativo”, dice Elizabeth.
, afirma Elizabeth. No, por el aniversario del golpe de 1976, sino por las marchas de familiares y organizaciones, que a 48 años le siguen poniendo rostro a las víctimas del horror y renuevan el mismo reclamo de justicia.
. A veces éramos muchos, otras veces éramos pocos”, dice Eizabeth.
“
, creo que fue una que nunca viví, porque hubo muchísima gente”, sostiene y agrega: “Me emocionó ver, porque pucha a pesar del contexto político y económico que la gente se comprometa y salga es muy fuerte”.
Tengo dos sobrinas que crecieron sin padre. El dolor de mi mamá, que veíamos diariamente, y que le llevó muchos años volver a tener una vida normal y recomponerse”, afirma.
En
. Los
.
de cada uno.
Son retratos en blanco y negro. José mira a la cámara: cabello ondulado y largo, tirado hacia atrás; saco y corbata. Pablo tiene la vista fija en un papel que no aparece en la escena; cabello largo, peinado a los costados; saco y camisa, escribe fuera del cuadro.
Elizabeth muestra las fotos que guarda en su teléfono como un tesoro encontrado al cabo de mucha búsqueda. “Las tenía mi hermana, estaban en la casa de mi mamá donde ella vivía”, apunta.
“José era moreno, todos nosotros somos morenos y mi hermano Pablo era de ojos verdes y rubio”, dice la hermana.
, Elizabeth opina que “están re loquísimos, quieren borrar una cosa que existió”.
, afirma.
“A mí me da rabia que quieren imponer otra historia que no existe, porque lo que sufrimos; nuestras casas fueron pateadas, rompieron a pedazos las puertas y le robaban las joyas a mi mamá”, relata Elizabeth.
Cuenta que su madre, además de coqueta era profundamente católica y que las patotas militares no dejaban ni las imágenes de sus santos en pie.
señala Elizabeth
“Me da rabia, nos quieren abofetear,
, lo que padecimos y también denunciar esto de ahora que es una semi dictadura, que te quieren imponer cosas, te quieren cerrar la universidad donde vos estás estudiando”, sentencia.
Uno, la vez que al volver de la escuela junto a uno de sus hermanos, lo primero que vieron al asomar al barrio fue una intensa humareda que se elevaba al cielo desde su casa: era su padre quemando sus libros en un tacho de 200 litros en el patio.
, recuerda Elizabeth.
Otra de las escenas que lleva grabada en la memoria es, precisamente, el altar de su mamá destruido por los militares.
“Mi mamá era una señora católica, le gustaba rezar. Le rompían todo sus santos y ella armaba su altarcito de vuelta”, cuenta Elizabeth.
Relata que
, donde la familia trabajaba.
, recuerda. “El mercado era distinto, era otro contexto”, describe y ubica su librería y juguetería en la época en que sucedió todo: “Acá era una panadería, un almacén; se vendía pan, leche, harina fideo; queso Paraguay en Semana Santa, y esas facturitas del ferrocarril, famosas, que te comías una docena”.