Omar Silva, de la pérdida de su esposa, al renacer con música y amigos
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RedacciónPeriodista2 de octubre · 22:21
Lunes 2 de octubre, 2023 · 22:21
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El profesor Omar Silva tiene 58 años, 28 de los cuales los vivió junto a Elvira Lansse, su esposa desde la juventud, pero un día ella se fue, producto de un cáncer repentino, y, con ella, su vida también se apagó y ese maldito enemigo que muchos subestiman, llamado depresión, se hizo presente. Los años de oscuridad se extendieron, pero las luces un día volvieron a encenderse. Hoy, en diálogo con La Voz de Misiones, cuenta su proceso de resiliencia, de la tristeza y la bronca, a un renacer gracias a su hija, la música y a los amigos.
Pedro Jorge Omar Silva es de Aristóbulo del Valle y lleva más de 30 años como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (Unam). Es profesor y Licenciado en Letras, con una maestría en Semiótica Discursiva y un doctorado en Ciencias Sociales. Una vida entera dedicada a la poseía, a la lectura y a la transmisión de conocimientos. Una vida que repentinamente un día se interrumpió.
“Todo lo que soy, lo soy gracias a mi señora, que era mi sostén, mi pilar”, graficó Omar Silva sobre su relación con Elvira Lansse, a quien conoció a los 21 años y con quien convivió durante 28 años.
La relación de ambos comenzó en el barrio Villa Cabello, pero se profundizó en la Facultad de Humanidades, ya que Lansse estudiaba la carrera de Licenciatura en Turismo. Posteriormente se casaron y juntos construyeron una vida entera, pero todo cambió tras un simple dolor de cabeza.
“Un día ella sintió un dolor de cabeza, se fue a hacer estudios de control y le detectaron un glioblastoma en la base del cráneo. Ahí comenzó un verdadero infierno para nosotros”, recordó Silva a LVM desde el escritorio de su casa, rodeado por una gran biblioteca, de viejas máquinas de escribir, de radios antiguas y fotos de su familia.
La enfermedad no solo irrumpió en la vida de ambos, sino que también la interrumpió por completo. En total fueron tres años de tratamiento con quimioterapia, radioterapia y cirugías de apertura de cráneo.
“Tres veces tuvieron que operarla utilizando una amoladora programada con un chip para que se detenga al tocar partes blandas. Fueron todas cirugías paliativas, porque el desenlace estaba escrito. Fue muy destructivo, muy doloroso todo. Yo sentía impotencia, tenía bronca. No podía entender por qué nos tocaba atravesar esto”, continuó.
Toda esa etapa fue muy dura. Silva dejó de trabajar para dedicarse al cuidado de su esposa. Su hija era pequeña, su hermano más cercano también estaba enfermo y tanto sus padres como sus suegros eran de avanzada de edad.
Omar Silva, de la pérdida de su esposa, al renacer con música y amigos
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Lunes 2 de octubre, 2023 · 22:21
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El profesor Omar Silva tiene 58 años, 28 de los cuales los vivió junto a Elvira Lansse, su esposa desde la juventud, pero un día ella se fue, producto de un cáncer repentino, y, con ella, su vida también se apagó y ese maldito enemigo que muchos subestiman, llamado depresión, se hizo presente. Los años de oscuridad se extendieron, pero las luces un día volvieron a encenderse. Hoy, en diálogo con La Voz de Misiones, cuenta su proceso de resiliencia, de la tristeza y la bronca, a un renacer gracias a su hija, la música y a los amigos.
Pedro Jorge Omar Silva es de Aristóbulo del Valle y lleva más de 30 años como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (Unam). Es profesor y Licenciado en Letras, con una maestría en Semiótica Discursiva y un doctorado en Ciencias Sociales. Una vida entera dedicada a la poseía, a la lectura y a la transmisión de conocimientos. Una vida que repentinamente un día se interrumpió.
“Todo lo que soy, lo soy gracias a mi señora, que era mi sostén, mi pilar”, graficó Omar Silva sobre su relación con Elvira Lansse, a quien conoció a los 21 años y con quien convivió durante 28 años.
La relación de ambos comenzó en el barrio Villa Cabello, pero se profundizó en la Facultad de Humanidades, ya que Lansse estudiaba la carrera de Licenciatura en Turismo. Posteriormente se casaron y juntos construyeron una vida entera, pero todo cambió tras un simple dolor de cabeza.
“Un día ella sintió un dolor de cabeza, se fue a hacer estudios de control y le detectaron un glioblastoma en la base del cráneo. Ahí comenzó un verdadero infierno para nosotros”, recordó Silva a LVM desde el escritorio de su casa, rodeado por una gran biblioteca, de viejas máquinas de escribir, de radios antiguas y fotos de su familia.
La enfermedad no solo irrumpió en la vida de ambos, sino que también la interrumpió por completo. En total fueron tres años de tratamiento con quimioterapia, radioterapia y cirugías de apertura de cráneo.
“Tres veces tuvieron que operarla utilizando una amoladora programada con un chip para que se detenga al tocar partes blandas. Fueron todas cirugías paliativas, porque el desenlace estaba escrito. Fue muy destructivo, muy doloroso todo. Yo sentía impotencia, tenía bronca. No podía entender por qué nos tocaba atravesar esto”, continuó.
Toda esa etapa fue muy dura. Silva dejó de trabajar para dedicarse al cuidado de su esposa. Su hija era pequeña, su hermano más cercano también estaba enfermo y tanto sus padres como sus suegros eran de avanzada de edad.
Como si fuera poco, en medio del proceso se decretó la pandemia de Covid-19, lo que redujo aún más las posibilidades de recibir ayuda ya que sólo se permitía un cuidador por paciente. “Durante prácticamente tres años no dormí un solo minuto. Temía por ella. Al ser una enfermedad del cerebro era muy fuerte el miedo a las convulsiones, entonces no podía conciliar el sueño. Pasé tres fiestas con ella en el sanatorio comiendo en bandejitas de enfermos”, narró.
Finalmente, lo que nadie quería, pero que ya era inevitable ocurrió en 2020. Lansse falleció y en sus últimos días no pudo despedirse de sus padres por los protocolos de seguridad sanitaria, lo cual significó otro duro golpe para la familia y más bronca para Silva que, como peronista que se define, se sintió traicionado por el presidente Alberto Fernández al ver la fiesta de Olivos en plena cuarentena mientras su esposa moría sin cumplir su deseo final.
De la oscuridad al poder de la música
Tras el fallecimiento de su amor de toda la vida, otra difícil etapa comenzó. “Me encontré en un abismo absoluto. Ella era todo. Yo terminé demolido, mental y físicamente. Para mí todo ese proceso fue un infierno y cuando ese infierno paró me vine a abajo. Un año entero me quedé encerrado, en la oscuridad, sin escribir una sola palabra, sin escuchar una sola canción, sin ver a un solo amigo. Nada tenía sentido para mí”, contó con crudeza.
Sólo su hija, hoy adolescente y participando de la estudiantina, lo aferró a la vida. Pero también sus hermanos y, más adelante, el regreso a la la lectura, la escritura y, principalmente, la música.
“En esos momentos uno tiene una mezcla de emociones, de putear hasta al propio Dios. Por mi soberbia pensaba que tenía todo bajo control, pero nadie domina el tiempo, yo consideraba que no nos merecíamos pasar todo esto. Mi esposa se fue cuando solo tenía 49 años. Fue muy fuerte, pero mi hija fue la llamita que me mantuvo vivo en esos peores momentos. Un día tomé la voluntad de salir adelante y prendí fuego la pila de pastillas con la que mi primer psiquiatra me apagó el cerebro”, narró, sin pasar por alto una mala experiencia terapéutica.
"La salud mental es muy importante. Yo prejuzgaba la cuestión, pero es clave, aunque también hay que encontrar al terapeuta indicado", añadió.
De allí, de a poco, todo volvió a tomar sentido para Silva. Se reencontró con la lectura, con la escritura y con la música, esto último en gran parte gracias a la peña que su hermano creó al lado de su casa, la cual se transformó en parada obligatoria para muchos artistas misioneros y donde este fin de semana se celebró el Karaí de Octubre con una gran olla de yopará para todo Villa Cabello.
“Hablando con los artistas entendí el poder que tiene ese lenguaje reconstructor de vida, de alegría, de resignificación, que tiene la música. También me sirvió el contacto con las plantas porque lo primero que hice fue recuperar el jardín de Elvira, que durante años estuvo abandonado y nunca se secó nada. En ese proceso de redención pude también escribir su epitafio: 'Que en paz descanses, viajera eterna'”, rememoró.
Ahora, de a poco, Silva también está de regreso en la Facultad de Humanidades, cuyos pasillos caminados durante más de 30 años un día también dejaron de ser transitados. Para con la institución está agradecido por el acompañamiento en los tiempos más difíciles, no así con determinados colegas sobre quienes apunta: “Pensé que eran amigos”.
“Muchos me criticaron cuando vieron fotos de un viaje que hice aún estando de licencia, pero la verdad que realmente lo necesitaba. En cinco años no subí ninguna foto a las redes sociales y esos mismos que me criticaron nunca se tomaron el tiempo de venir a casa a ver si yo seguía vivo”, apuntó.
Hoy, su vida está resignificada. Silva admite que no quisiera volver a atravesar la misma historia, pero toma de ello una multiplicidad de enseñanzas que le permitieron crecer como persona. “Hoy en día me siento muy bien, me siento limpio, mejorado. Estamos hechos de amor, pero también de odio, de sufrimiento y de tristeza, eso nos compone como humanos. Hay que capitalizar e interpretar esas experiencias para crecer. Caminé descalzo por un camino de piedras y espinas, pero salí más humano, más comprensivo, más empático”, concluyó.
Como si fuera poco, en medio del proceso se decretó la pandemia de Covid-19, lo que redujo aún más las posibilidades de recibir ayuda ya que sólo se permitía un cuidador por paciente. “Durante prácticamente tres años no dormí un solo minuto. Temía por ella. Al ser una enfermedad del cerebro era muy fuerte el miedo a las convulsiones, entonces no podía conciliar el sueño. Pasé tres fiestas con ella en el sanatorio comiendo en bandejitas de enfermos”, narró.
Finalmente, lo que nadie quería, pero que ya era inevitable ocurrió en 2020. Lansse falleció y en sus últimos días no pudo despedirse de sus padres por los protocolos de seguridad sanitaria, lo cual significó otro duro golpe para la familia y más bronca para Silva que, como peronista que se define, se sintió traicionado por el presidente Alberto Fernández al ver la fiesta de Olivos en plena cuarentena mientras su esposa moría sin cumplir su deseo final.
De la oscuridad al poder de la música
Tras el fallecimiento de su amor de toda la vida, otra difícil etapa comenzó. “Me encontré en un abismo absoluto. Ella era todo. Yo terminé demolido, mental y físicamente. Para mí todo ese proceso fue un infierno y cuando ese infierno paró me vine a abajo. Un año entero me quedé encerrado, en la oscuridad, sin escribir una sola palabra, sin escuchar una sola canción, sin ver a un solo amigo. Nada tenía sentido para mí”, contó con crudeza.
Sólo su hija, hoy adolescente y participando de la estudiantina, lo aferró a la vida. Pero también sus hermanos y, más adelante, el regreso a la la lectura, la escritura y, principalmente, la música.
“En esos momentos uno tiene una mezcla de emociones, de putear hasta al propio Dios. Por mi soberbia pensaba que tenía todo bajo control, pero nadie domina el tiempo, yo consideraba que no nos merecíamos pasar todo esto. Mi esposa se fue cuando solo tenía 49 años. Fue muy fuerte, pero mi hija fue la llamita que me mantuvo vivo en esos peores momentos. Un día tomé la voluntad de salir adelante y prendí fuego la pila de pastillas con la que mi primer psiquiatra me apagó el cerebro”, narró, sin pasar por alto una mala experiencia terapéutica.
"La salud mental es muy importante. Yo prejuzgaba la cuestión, pero es clave, aunque también hay que encontrar al terapeuta indicado", añadió.
De allí, de a poco, todo volvió a tomar sentido para Silva. Se reencontró con la lectura, con la escritura y con la música, esto último en gran parte gracias a la peña que su hermano creó al lado de su casa, la cual se transformó en parada obligatoria para muchos artistas misioneros y donde este fin de semana se celebró el Karaí de Octubre con una gran olla de yopará para todo Villa Cabello.
“Hablando con los artistas entendí el poder que tiene ese lenguaje reconstructor de vida, de alegría, de resignificación, que tiene la música. También me sirvió el contacto con las plantas porque lo primero que hice fue recuperar el jardín de Elvira, que durante años estuvo abandonado y nunca se secó nada. En ese proceso de redención pude también escribir su epitafio: 'Que en paz descanses, viajera eterna'”, rememoró.
Ahora, de a poco, Silva también está de regreso en la Facultad de Humanidades, cuyos pasillos caminados durante más de 30 años un día también dejaron de ser transitados. Para con la institución está agradecido por el acompañamiento en los tiempos más difíciles, no así con determinados colegas sobre quienes apunta: “Pensé que eran amigos”.
“Muchos me criticaron cuando vieron fotos de un viaje que hice aún estando de licencia, pero la verdad que realmente lo necesitaba. En cinco años no subí ninguna foto a las redes sociales y esos mismos que me criticaron nunca se tomaron el tiempo de venir a casa a ver si yo seguía vivo”, apuntó.
Hoy, su vida está resignificada. Silva admite que no quisiera volver a atravesar la misma historia, pero toma de ello una multiplicidad de enseñanzas que le permitieron crecer como persona. “Hoy en día me siento muy bien, me siento limpio, mejorado. Estamos hechos de amor, pero también de odio, de sufrimiento y de tristeza, eso nos compone como humanos. Hay que capitalizar e interpretar esas experiencias para crecer. Caminé descalzo por un camino de piedras y espinas, pero salí más humano, más comprensivo, más empático”, concluyó.