A 99 años, el ciclón de Encarnación en primera persona: “Fue un infierno”
Por Tito Lobato
@cvlobato1
El 20 de septiembre de 1926 gran parte de Encarnación, Paraguay, fue devastada por un ciclón. Fortunata Miranda de Lobato fue una de las sobrevivientes, con su esposo, el español Antonio Lobato, y parte de su familia. Antes de fallecer, “Doña Fortú” contó sus vivencias.
Toda vez que el temporal amenazaba, Fortunata Miranda de Lobato tomaba en sus manos una figura religiosa, rezaba y encomendaba a Dios a sus seres queridos. Y repetía, con llamativa certeza, lo sucedido aquel 20 de septiembre de 1926.
El matrimonio que formó con Antonio Lobato, y algunas de sus hijas, tenía un bodegón frente al puerto de Encarnación con el nombre de “La Perla”, y el día fatídico “teníamos un calor sofocante, pero ese día amaneció especial; nublado, pero de un nublado raro, casi rojizo y más bien amarrillento”, dijo.
“Todo el día llovió a intervalos, salía el Sol caliente, luego se nublaba y seguían la lluvia y el calor. Era insoportable”, contó, agregando detalles de lagunas actividades vecinales como una vista al cementerio con otros habitantes de la conocida “Zona Baja”.
Al volver de los compromisos, “empezamos a preparar la cena. Sería alrededor de las 7 y media (19:30), pero el segundo plato no llegó a comer nadie, pues desató la tragedia”.
“No sabía lo que se venía”
Al describir el momento exacto del temporal, dijo Fortunata que se presentó “un viento furioso del lado Posadas. Los clientes intentaron cerrar la puerta entre dos, pero el viento los tiró a un costado; se volcaron mesas, sillas; volaron papeles; se rompieron vasos y botellas. Todo se perdió”.
“Felizmente conservamos la vida. Fue un verdadero milagro”, agregó, tras lo cual remarcó que su esposo Antonio había ido a una reunión con gremialistas y sus hijas Elva y Marina estaban a punto de iniciar el reparto de viandas.
“La tormenta se llevó el techo y todo fue confuso, todo volaba a nuestro alrededor”, memoró “Doña Fortú” y con su memoria prodigiosa recordó a Camblong, al peluquero Pérez, al lanchero Nené Gómez, a la vecina que era viuda de López, a doña Cándida.
La última “ya no tenía casa ni nada y estaba en el piso, con la cadera rota. Llegaron los marineros y nos ofrecieron ayuda. El Nené Gómez me dijo: Todo Encarnación está en el suelo”. Y agregó al desgracia de Luis Hulengui, otro vecino, cuya suegra murió durante el temporal.
“Bueno, bueno, todos estamos bien”
Al llegar Antonio, en medio del desastre, le dijo a la familia: “Bueno, bueno, acá no pasó nada. Estamos todos bien, afortunadamente”. Y es que todos pensaron que tuvieron mayor fortuna quienes tenían viviendas de maderas, por las de material prácticamente sepultaron a los ocupantes.