El chipá no es lo mismo que la chipa: Una letra de diferencia, una historia de fondo
Por Iván Osvaldo Ortega
A veces una vocal separa dos mundos. En este caso, la “a” final marca la frontera entre una cultura que resiste y una que reinterpreta. No es lo mismo el chipá de Corrientes que la chipa de Paraguay y Misiones, aunque los ingredientes se parezcan. En el litoral, los artículos no solo designan género gramatical: delinean identidades, fogones y memorias. Y por si hiciera falta aclararlo: Misiones no dice chipá. Dice chipa. Y no es casualidad.
En Corrientes —tan amiga de la tonada arrastrando las "r", y un poco olvidadiza de sus raíces lingüísticas guaraníticas, ya que, para los paraguayos, ellos deformaron la pronunciación de la lengua— se impuso desde hace décadas la forma masculina: el chipá, los chipacitos, el chipacero. Castellanización total, masculinizada y folklorizada, como si el alimento hubiera nacido ya en bandeja de panadería.
En cambio, en Misiones —y en el Paraguay profundo, el de las chiperas de mercado y las abuelas de hornalla baja—, se dice sin dudar la chipa. Y no es una forma ingenua: es una forma de resistencia. Porque la palabra “chipa”, como tantos otros términos guaraníes, no tiene género en su lengua original. Fue el castellano el que exigió elegir entre “el” o “la”. Y mientras Corrientes corrió a varonizarla para que suene a criollo —como quien le pone chiripá al almidón—, Misiones prefirió dejarla en femenino. Porque en nuestra tierra, la chipa no es una cosa: es una práctica, un ritual, un lazo.
Ahora bien, en Paraguay también se usa el artículo masculino, pero con una lógica muy distinta. No es una castellanización genérica: es una forma específica de referirse a ciertas preparaciones. Se dice el chipá guasu, el chipá so’o, el chipá mestizo, cuando se trata de platos horneados en fuente; pensados para compartir, de masa más blanda hechos en grande y pensados para partir. Es decir: el masculino aparece como marcador de formato y contexto, no como negación de lo original. En cambio, la pieza individual, esa que se vende en el mercado o en las rutas, que sale del horno y se entrega en manos de chiperas o chiperos de generaciones, sigue siendo, clara y orgullosamente, la chipa. No hay confusión.
Y lo digo con conocimiento de causa: corroboré de forma rigurosa que, en Paraguay —único país del continente que reconoció constitucionalmente al Guaraní como lengua oficial, junto al Español— se dice “la chipa” de almidón, no “el chipá”. Así lo afirman recetarios, manuales escolares, programas de televisión, documentos culturales y cocineras populares de Asunción a Villarrica. Y si hay un país autorizado para definir cómo se dice y se escribe chipa, es, justamente, la Nación que la conservó como símbolo vivo.
(*) Cheff. Consultor gastronómico.