El progreso, ese enemigo público
Por: Fernando Oz
Conozco esa clase de sujetos, suelen ser los de siempre. No son revolucionarios ni luchadores sociales; son los custodios del statu quo, los que ven en cada avance una amenaza personal, los que prefieren el lodo de lo conocido a la promesa de la modernidad. Como si fuera pecado crecer, como si prosperar fuera una traición a las costumbres. Pero, claro, hay gente que hace de la obstinación un oficio y de la mezquindad una bandera.
Dejemos de tropezar con las mismas piedras si queremos avanzar. Les cuento una de túnel del tiempo. Pocos meses antes de que finalizara el siglo pasado, un joven reportero quedó en medio de una batalla campal entre una prestigiosa Cámara de Comercio y un poderoso grupo económico de ultramar, pero de pabellón nacional. Los primeros arrancaron con un ataque preventivo apenas se enteraron de que los segundos estaban por ponerles un “mega supermercado” en las narices.
Los comerciantes, siempre apesadumbrados por la situación económica, hicieron cónclaves para analizar la situación y después pasaron a realizar reuniones ampliadas con los “líderes y representantes de las fuerzas vivas”, y continuaron con un repentino espíritu asambleario convocando a la sociedad a combatir al invasor.
Fue un revuelo grande, hasta llegaron a cortar el acceso a un puente internacional y, días antes, los medios más importantes del país ya se habían instalado en el lugar para cubrir el asunto. La movida debe haber costado lo suyo, pese a que los hombres de negocios del lugar no se destacaban por su filantropía; en aquella ocasión, tuvieron que tocar las alforjas.
La cuestión es que la gente estaba indignada. Una señora repetía en la radio que ese mega supermercado iba a conducir a la ciudad hacia la perdición; el almacenero de un barrio se encadenó a las rejas del Concejo Deliberante y los del gremio de los empleados de comercio movilizaron lo suyo.
La realidad es que nadie sabía muy bien cuál sería el alcance del faraónico emprendimiento extranjero. Entonces, los temerosos al cambio se defendían ante lo desconocido, mientras los especuladores de siempre aprovechaban la confusión para llevar agua a su molino. Tras la tensión y el show business, el entuerto se resolvió como comenzó: en cónclaves a puertas cerradas.
Nada de lo que dijeron que iba a suceder ocurrió. No fue un mega supermercado, sino una zona franca con un área destinada al comercio internacional con depósitos fiscales y otra para el comercio minorista de marcas internacionales. Se construyó en un lugar donde antes había una capuera que era utilizada por contrabandistas de diferente talla. Las obras finalizaron en 36 meses, significaron de la misma moneda. Sé que después construyeron una escuela y un par de obras más para el municipio.
El progreso en Misiones no fracasa, pese al permanente viento en contra de sectores minúsculos y mezquinos, por la voluntad política de impulsar ideas y convertirlas en hechos, como lo fue en su momento la propuesta de que realizó Carlos Rovira y que nos trajo la actual costanera, un lugar de todos y para todos. Fracasaría si quienes pudieran liderar el cambio prefieren , y quienes pueden invertir son vistos como herejes, capaces de romper el orden preestablecido. Así, cada intento de modernización se convierte en un combate, cada propuesta en motivo de escándalo, cada inversión en amenaza a la paz de los mediocres. Modernizarse no es peligroso, abrirse al mundo –ni hablemos– es casi una obligación. Hoy, nuevamente la provincia se debate entre el deseo de avanzar y el terror a perder los privilegios de unos pocos.