De la democracia que limita el poder, a la democracia que busca a los mejores
Héctor Julio Franco
La democracia moderna fue una de las mayores conquistas de la civilización. Surgió como respuesta a siglos de guerras, monarquías absolutas, caudillismos y gobiernos donde el poder se imponía por la fuerza o por herencia. Su principal mérito no fue encontrar a los mejores gobernantes, sino impedir que alguien pudiera arrogarse el derecho de decidir quién debía gobernar a los demás.
Por eso la democracia representativa fue diseñada como un sistema de límites. Límites al poder, límites a los gobernantes y límites a la concentración de autoridad. La división de poderes, la alternancia, las elecciones periódicas y el control ciudadano nacieron para evitar la tiranía. Y en ese objetivo la democracia ha sido extraordinariamente exitosa.
Sin embargo, dos siglos después, cabe preguntarse si ese objetivo, siendo indispensable, sigue siendo suficiente.
La democracia actual administra un proceso de selección entre quienes desean gobernar. Pero no necesariamente entre quienes están mejor preparados para hacerlo. El sistema no fue concebido para encontrar al más capaz, sino para resolver pacíficamente la disputa entre quienes aspiran al poder.
Hoy la humanidad ha encontrado sistemas para elegir al más inteligente, al más veloz, al más preparado físicamente, al más fuerte, al más talentoso. Pero no ha podido todavía encontrar al mejor preparado para gobernar.
Platón ya advertía hace más de dos mil años una paradoja que continúa vigente: muchas veces quienes más desean el poder son precisamente quienes menos deberían tenerlo, mientras que quienes poseen las virtudes necesarias para gobernar suelen ser reacios a buscarlo. El verdadero problema no es solamente cómo elegimos a nuestros gobernantes, sino cómo logramos que las mejores personas estén dispuestas a representarnos.
La política contemporánea enfrenta una dificultad adicional. La creciente desconfianza social, la polarización permanente, la lógica de la confrontación constante y la exposición pública han convertido al servicio político en una actividad cada vez menos atractiva para muchos ciudadanos valiosos.
Profesionales prestigiosos, docentes, científicos, empresarios honestos, líderes sociales o servidores públicos con trayectoria observan la política desde afuera y concluyen que el costo personal de participar es demasiado alto. El escrutinio permanente, los ataques oportunistas, la sospecha generalizada y la pérdida de privacidad terminan desalentando a quienes podrían aportar capacidad, experiencia y vocación.
Ese podría ser el próximo gran salto evolutivo de la democracia.